miércoles, 19 de julio de 2017

LA HUIDA




 

Huyamos lejos de todo




Todo va bien o mejor, millones de españoles y extranjeros han aprovechado la semana santa para generar caja en hoteles, restaurantes, gasolineras, autopistas, chiringuitos de playa, y de paso crear miles de puestos de trabajo instantáneos que se esfumaran tan pronto pase la ola de ciudadanos ansiosos por salir de sus casas, de su rutina, de aguantarse mutuamente dentro de cuatro paredes harto conocidas.

No importa aguantar cientos de kilómetros de caravana, sufrir los rigores del tiempo que nunca es previsible. Te asfixias, te congelas o te calas hasta los huesos.

Este año ha habido suerte y todos estamos contentos pues el clima ha respondido con días de sol, temperaturas agradables y millones de desplazados llenando las arcas vacías de los lugares ansiosos por recibirlos.


Vamos a la playa, a la montaña, al apartamento, a New York, 
Italia, o cualquier lugar en el que podamos olvidarnos de la pesadez cotidiana de aguantarnos en casa, en la oficina, en el trabajo, cuando lo hay, o simplemente sumergirnos en un ambiente distinto que nos propicie un ansiado y efímero cambio.

Cuatro días de descanso en los que el ansia general es huir, escapar, evadirse, viajar, o visitar aquel lugar que tenemos siempre pendiente de ver.
Los menos son los que efectivamente descansan quedándose en su sitio, no escapando, simplemente paseando por calles y parques vacíos en los que reina el silencio.

Los edificios  quedan deshabitados y los cacos hace su agosto.

En el mío por ejemplo de once vecinos hemos permanecido en casa a lo sumo dos, y si en algún momento los dos coincidimos en salir de paseo justo en ese lapso de tiempo el edificio permanece absolutamente vacío a merced de cualquier evento inesperado.

Antaño se disparaba la alarma de alguna fábrica u oficina y permanecía sonando durante los cuatro días del merecido descanso de sus trabajadores.

¿Cuantos edificios habrán quedado sin sus habitantes?.
Difícil de imaginar aunque supongo que muchos, demasiados, demostrando la general estupidez de un huida masiva huyendo de la rutina cotidiana que nos empuja hacia cualquier parte.

Por necesidad me toco estar en un lugar de playa durante cuatro años mientras construían mi casa. De ciento cincuenta mil habitantes durante el invierno se pasaban repentinamente a millón y medio en semana santa.

Un alfiler que cayera de punta sobre la playa no se clavaria en la arena, lo haría en la carne de algún bañista o a lo sumo en su toalla.
Un auténtico infierno que duraba seis o siete días y del que deseaba evadirme como fuera. 
La solución siempre era hacer compra para ocho o diez días y no pisar un comercio ni por supuesto la orilla del mar en los cuatro días álgidos de invasión masiva.

Cuando llovía daba pena ver a tantísima gente desorientada, sin saber que hacer, refugiándose en algún bar y mirando el cielo por ver si escampaba.
No habrían estado mejor en sus casa, me preguntaba, sin hallar una respuesta razonable.


Se fomenta e interesa que todos salgan, que gasten, que se genere consumo masivo.
Dicen que así la economía crece, los trabajos (efímeros) aumentan y luego te apabullan con cifras de llenos al ciento por ciento.






Maravilloso, medito o pienso, que bien se está en casa, en mi ciudad, paseando por parques desiertos o aparcando donde a uno le venga en gana y ver una buena película sin ningún agobio multitudinario.


el gatufo

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